top of page
Buscar

Sobre Olas y Ruedas (español)

Actualizado: 12 ene 2022




Ya han pasado más de dos años desde que, en noviembre de 2019, salí de Canarias en un velero rumbo a América y todo sigue sobre ruedas, literalmente. Hace poco llegué a Colombia en mi querida Caracolita, el vehículo que compré en Ciudad de México en mayo de 2020 y que me ha transportado hasta donde estoy ahora, la ciudad de Cartagena, que para muchos de los que viajamos recorriendo la carretera panamericana, supone la puerta de entrada a Suramérica.


Porque si uno se dirige desde Norteamérica rumbo al sur, como lo estoy haciendo yo, entre México, que sigue siendo Norteamérica, y Colombia, que ya es Suramérica, hay unos cuantos países, aunque hay quien no lo sabe, como el taxista en Cartagena que me preguntó hace poco si México y Colombia hacen frontera, borrando inconscientemente a todo Centroamérica del mapa. Cada uno de estos países centroamericanos tienen su cultura, su historia, su clima y su geografía únicas. Lo cual justifica mi estancia de más de un año en esta región que aparece tan pequeña en los mapas que acostumbramos a ver pero que es tan rica y variada en la vida real.


Todo empezó en septiembre de 2019, cuando se acabó mi contrato de trabajo de seis meses en la embajada de Irlanda en Madrid. Durante ese tiempo, ahorré todo lo que pude porque en mi mente ya había un deseo, casi un plan, de encontrar un velero dispuesto a llevarme desde Europa hasta América. Ese deseo había surgido casi un año antes, a raíz de un encuentro en Livingston, Guatemala. En casa de un amigo guatemalteco conocí a unos franceses que acababan de cruzar el Atlántico en velero. Me pareció un sueño, algo romántico e irrealizable. Y como suelo sentir una atracción por lo irrealizable, cuando volví a Europa comencé a investigar esa forma de viajar. Gracias a internet, descubrí que no solo es realizable, sino también bastante común, y que hay una categoría de personas que eligen este medio de transporte para evitar contribuir a la contaminación medioambiental que causan los viajes en avión y como forma de protesta contra las exenciones de impuestos de las que goza el transporte aéreo.


Como yo no tengo un velero, necesitaba encontrar a alguien que sí lo tuviera y que estuviera dispuesto a embarcarme como tripulante. Tras una serie de peripecias en el puerto de San Miguel de Tenerife, durante las cuales conocí a Gesa, la chica alemana que se convertiría en mi compañera de aventuras, conocimos a un capitán francés que nos ofreció ir en su barco hasta Martinica, una isla en el mar Caribe. Sin embargo, primero fuimos a Cabo Verde, el mágico archipiélago donde, por circunstancias varias, abandonamos su velero de acero para embarcarnos en el velero de otro francés, Pascal, cuyo destino era otra isla caribeña, Dominica, que, aunque geográficamente muy cercana a Martinica, culturalmente está muy distante de la isla francesa.



Mi instinto inicial sobre el cruce del océano Atlántico en velero era acertado: es un viaje de ensueño. No ver tierra por un tiempo te permite adentrarte en la naturaleza, en ti y, bueno, más que nada, en el mar. El 19 de diciembre de 2019 llegamos a Dominica, eufóricos por pisar tierra. Aunque el plan inicial era continuar viajando cada uno por su cuenta, tras dos semanas juntos en mar abierto y un mes explorando Dominica, Pascal y yo decidimos continuar el viaje juntos. Mi meta era llegar a México y él no tenía rumbo fijo, así que aceptó llevarme hasta mi destino, con la condición de pasar por Cuba. Durante los siguientes tres meses navegamos por el mar Caribe, explorando las islas e ignorando la naciente pandemia, de la cual no éramos plenamente conscientes. Fuimos a Martinica, Guadalupe, República Dominicana, Haití, Cuba, Isla Mujeres en México, hasta finalmente tocar la tierra del continente americano en Livingston, Guatemala, el mismo pueblo donde casi un año y medio antes yo había comenzado a soñar con ese viaje.


Cuando llegué a Guatemala, estaba tan enamorada del mundo marino que quería comprar un velero. Sin embargo, mi limitado presupuesto y sentido común me hicieron darme cuenta de que en mi caso probablemente sería más conveniente comprar un vehículo terrestre. Y así es como acabé con La Caracolita. Mi amigo Alfredo, nativo de la Ciudad de México, fue mi guía práctica y espiritual durante el proceso de compra y transformación del vehículo. El coche, una Nissan Frontier del 2007, había pertenecido durante una década a la empresa panadera Bimbo, y ahora tocaba transformar su caja de refrigeración en una casa. Los incontables vídeos de Youtube, la ilimitada creatividad de Alfredo y nuestra determinación nos permitieron lograr en poco más de dos meses un resultado aceptable: cama, tanques de agua, estufa, gas, ducha, panel solar, luz, y lo más importante: muchas ganas de emprender el viaje.


Así, el 17 de septiembre de 2020 salimos de la Ciudad de México, rumbo al sur. El inicio fue complicado: el coche había costado poco y tenía problemas mecánicos. Durante los dos primeros meses pasamos mucho tiempo en talleres mecánicos, intentando convencer a La Caracolita de que sí tenía la fuerza necesaria para atravesar el continente. Por suerte, en México y Guatemala conocimos a algunos mecánicos extremadamente habilidosos, pacientes y generosos que no solo repararon el coche, sino que nos ofrecieron alojamiento, buenos precios y apoyo moral.


Otro obstáculo era la pandemia: Alfredo y yo comenzamos a cruzar fronteras cuando las restricciones de movimiento terrestre seguían siendo muy estrictas, a pesar de que el viaje aéreo estaba 100% abierto en la mayoría de los países, según unas políticas migratorias y sanitarias que nunca acabamos de entender. Por eso decidimos no ir a algunos países, como Belice y El Salvador, mientras que en Guatemala tuvimos que hacer malabares burocráticos para llegar a Honduras y de allí a Nicaragua. La constante preocupación por las restricciones de viaje nos impidió de cierta manera disfrutar completamente esa parte del viaje, aunque sí exploramos muchos sitios bellos e incluso pusimos en marcha algunos proyectos: llevamos medicamentos donados por la familia y amigos de Alfredo a una comunidad rural de Chiapas, en el sur de México; y comenzamos a desarrollar una idea surgida del amor de mi amigo por las tradiciones mesoamericanas, que consistía en la creación de un archivo de bebidas alcohólicas tradicionales del continente, y que también era una buena excusa para degustar nosotros mismos alcoholes varios.


Cuando llegamos a Nicaragua, Alfredo se dio cuenta de que para él era complicado continuar el viaje. La frontera terrestre de Costa Rica estaba cerrada a cal y canto (aunque la aérea estaba 100% abierta al turismo) y no parecía que fuera a abrir pronto, por lo cual mi amigo decidió regresar a su querida tierra mexicana, con la idea de continuar el viaje más adelante. Yo me quedé en Nicaragua con La Caracolita. Tras una temporada en el sur, en la isla de Ometepe y en la capital, Managua, encontré el oasis que necesitaba para pasar la pandemia: un pequeño pueblo costero en la costa Pacífica de Nicaragua llamado Las Peñitas. Llegué allí para comprar una tabla de surf que encontré en Marketplace y acabé quedándome entre seis y ocho meses, el ritmo playero de la vida allí me hace perder la cuenta.

Encontré un hostal donde los dueños me permitían quedarme en la furgoneta a cambio de unas horas de ayuda en el jardín. Mi idea era quedarme allí hasta que abriera la frontera costarricense; sin embargo, el tiempo pasaba y las hojas de mango que recogía dejaron de caer, para dar lugar a las hojas de jocote, a los frutos del jocote, a las flores de mango y vuelta a empezar. Aunque no pagaba por el alojamiento, mis ahorros se habían consumido y necesitaba generar ingresos. Aunque siempre trabajé como traductora autónoma, no generaba lo suficiente para vivir de ello, pero gracias a mi situación estable en el hostal Caracolito, pude tomarme el tiempo de conseguir más clientes y trabajar en más proyectos. Comencé a realizar interpretación simultánea a distancia, a dar clases de idiomas en línea y a revisar textos.


chica surf sol y playa Nicaragua
La vida en Las Peñitas

Tras muchos y apacibles meses en Las Peñitas, durante los cuales aprendí a tomarme la vida con calma y a disfrutar de los detalles, abrió la frontera de Costa Rica. Me preparé mentalmente para continuar el viaje, me despedí de las amistades que había creado y retomé mi rumbo. Pasé un par de meses en Costa Rica, explorando varias regiones e intentando empaparme de la cultura y de la naturaleza de aquel país, mientras pensaba cómo superar el obstáculo natural que supone el tapón de Darién, la densa zona selvática situada entre Panamá y Colombia y que también es la frontera entre Centroamérica y Suramérica. No existe en esta zona una carretera segura que permita el paso de un vehículo como La Caracolita, por lo cual existe la opción de enviar los vehículos por vía marítima en contenedores de carga. Es un proceso costoso y burocráticamente complejo, pero finalmente decidí lanzarme a ello con el objetivo de descubrir el subcontinente austral de América.


Encontré a una pareja que quería enviar su coche desde Panamá a Colombia a principios de diciembre de 2021, así que a finales de noviembre crucé la frontera Atlántica entre Costa Rica y Panamá y pasé unos días conduciendo por paisajes bonitos y carreteras dudosas hacia la capital, la Ciudad de Panamá. Allí comencé el proceso burocrático para meter mi coche en un contenedor de 40 pies que a su vez sería montado en un buque de carga que lo llevaría hasta el puerto de Cartagena, en Colombia. Mientras La Caracolita aprendía a nadar en el mar Caribe, yo aproveché para explorar la Ciudad de Panamá, una urbe llena de vida y contrastes. Tras una semana allí, cogí un avión hasta la ciudad de Cartagena, donde La Caracolita me recibió el 4 de diciembre, intacta, rugiendo y muy feliz de dar inicio por fin a la siguiente etapa del viaje: América del Sur.


135 visualizaciones2 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page